No todo fue un camino de rosas. Pues las complicaciones crecían cada día. Siempre luché en primera línea de fuego. Protegiéndote de toda bala que pudiera alcanzarte. Siendo tu escudo. Sin importar lo que a mi me pasará.
Hoy día sigo siendo igual. No me importa lo que a mi me pase. No quiero que las personas que me importan sufran. Siempre quiero proteger a los demás. Aunque a veces la gente lo ignora.
Pero con el tiempo descubrí que aunque seguía siendo tu escudo, al girarme tu estabas ya en la trinchera resguardada. Lo más que hacía era evitar que oyeras las balas atravesando el viento. Pero este pobre escudo no se reparaba sólo. Descuidaste su mantenimiento y se volvió mustio y oxidado. Llegando un punto en el que ya no podía proteger a nadie. Se convirtió de tu uso exclusivo.
Pero aunque fuera exclusivo considerabas que un escudo así no era lo suficientemente bueno. Y pasaste de repararlo a intentar mejorarlo. Cómo el agua que no combina con el aceite o las rayas que no combinan con los cuadros. Aplicaste una formula incompatible y creaste una reacción peligrosa.
Esa reacción me inestabilizó. Me hizo desconfiar de todo. No quería nada con el mundo. Sólo quería desaparecer. No dejar rastro. Sin que nadie se percatará. Empece a deambular las calles. sin hacer ruido, sin molestar a nadie. Si estaba ahí o no no le importaba a nadie. Eso no te gustó. Llamabas por todo y del teléfono me aparté. Aquello que tanto nos une a la gente hoy en día se convirtió en lo que más temía oír.
Mis padres. Mi familia. Mis amigos. Todos parecían extraños. No quería hablar con nadie. Sólo quería que el sufrimiento acabará pues mi cuerpo no lo soportaba.
Y aún hoy me pregunto como no pude verlo con lo cerca que estaba.
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