Anteriormente mencioné. Que había un par de sueños que muy a mi pesar no podía olvidar. Fueran como fueren es verdad. Aunque sólo de uno de ellos recuerdo las imágenes con nitidez.
Fue un día normal y corriente. Fin de semana, como siempre. Con la excusa más tonta me propusiste poder de nuevo verte. Aunque aprendí a controlar mis emociones por fuera. Por dentro estaba feliz. Cualquier excusa me servía. La tarde empezó. Entre enseñanzas e ideogramas. Entre risas y palabras. No estábamos solos, pero para mi no había nadie más.
Me mostraste tu mundo. Me enseñaste un sueño que viviste y que sabias que ambos compartíamos. Me hizo muy feliz. Sentí muchas cosas en ese momento. Alegría. Tranquilidad. Un poquito de envidia quizás. Pero eso daba igual. El tiempo voló y yo ni cuenta me dí. Compartimos varios momentos y después me fui. Sabía que no te vería en un tiempo. Pero no me importaba. Cada momento que pasaba. Un nuevo recuerdo atesoraba.
Esa noche me dormí sin problema. Pero no pensé que volvería a verte tan pronto. Apareciste en mis sueños. No fue un sueño concreto. Era un cúmulo de las experiencias de aquella tarde. Estábamos en aquel mundo compartido. Tu persiguiendo sujetos y yo evitando perderme. Todo empezó a volverse extraño. Te seguí hasta un extraño edificio. Nos dijeron que había que huir. En un extraño transporte nos metimos y allí nos quedamos. El uno al lado del otro. Riéndonos y sonriendo.
En ese momento me desperté. No sabía que había sido todo aquello. Pero la calidez de ese sueño me embargó durante el resto del día.
No se si fue casualidad. O si por una vez el universo quiso que me pasará algo bueno. Pero ese día. Aún estando a kilómetros de distancia. Me sacaste de ese mar de oscuridad al que me intentaron arrastrar.
No son las cosas que hacemos sino los sentimientos que quedan en el recuerdo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario